viernes, 23 de diciembre de 2011

Crónicas Kentuckyanas



 
Palito

En la fotogénica Nebulosa del Cangrejo había un planeta llamado Kentucky (Fried Chicken). Pronúnciese fried chicken después de la pausa necesaria para considerar la distancia que recorre un caracol en medio segundo, añadiéndole el estupor que sobreviene al descubrir que es una distancia realmente ridícula.

El planeta se llamaba así porque tenía forma de pollo. En concreto, de pollo frito. Si se piensa detenidamente, se comprenderá que ésta es la forma más eficaz para absorber los rayos gamma que emite una Supernova de Tipo II después de haberse dado un atracón de hidrógeno, hincharse como un globo de feria y reventar haciendo saltar todos los botones de su camisa electromagnética. Si esta conducta explosiva les parece una burda artimaña para capturar la mirada de los astrónomos, prueben a tragarse 89 millones de toneladas de hidrógeno por segundo en un buffet libre de 5.000 millones de años y luego me cuentan.

La óptima estructura gallinácea del planeta Kentucky (Fried Chicken) permitió que la especie dominante, los kentuckyfriedchickenianos, sobreviviera a innumerables cataclismos de su grupo local de estrellas. En consecuencia, tuvieron tiempo suficiente para aprender a dejarse de riñas infantiles y construyeron una sociedad modélica, en línea recta hacia la muerte por aburrimiento supino. Es lo que ocurre cuando uno ha conquistado todas las metas concebibles, que pierde las ganas de levantarse del sofá para hacer algo provechoso.

Lo único que conservaba cierto interés era encontrar el sentido de la vida. Aunque en realidad ya sabían la respuesta. La descubrió un ordenador con chorrocientos millones de petaherzios, cuando todavía les emocionaba la construcción de artilugios inservibles.

El sentido de la vida era “42”.

Pero aquella respuesta no era muy alentadora. Más bien le dejaba a uno con mal cuerpo. Así que decidieron hacerse los despistados y seguir buscando, a ver si encontraban un principio ontológico más edificante, algo que hiciera más llevadera la visita de los suegros los domingos por la tarde.

Una respuesta que permitiera justificar razonadamente la idea:

"Si en el fondo son buena gente."




Palito Palito

Los vitanautas eran los encargados de encontrar la versión 2.0 del sentido de la vida. Srri y Srro formaban parte de este exclusivo grupo de exploradores metafísicos. De lunes a viernes iban y venían de un extremo a otro del universo, buscando debajo de las piedras y de cualquier cosa que brillara a la luz de estrellas con crisis existenciales.

La nave de Srri y Srro tenía forma de escarabajo. Y no de escarabajo Volkswagen, sino pelotero. Tampoco era mucho más grande. Resulta que el cuerpo de los kentuckyfriedchickenianos era básicamente lo que ustedes llamarían un muñeco de trapo, de esos con dos ojos saltones hechos de botones descartados y una cabeza que parece un guante sin dedos. Caprichos de la entalpía. Como tenían poderes telequinéticos, la evolución decidió que disponer de dos brazos y dos piernas era un desperdicio injustificado de energía, así que debajo de la boca sólo tenían un torso corto y estrecho. Dado que no mataban animales para robarles la piel (¡qué barbaridad!), la evolución les proporcionó una agradable cobertura de fieltro que resultaba muy calentita los días que el viento soplaba con especial mala leche.

Por alguna razón misteriosa, el nombre de los habitantes de Kentucky (Fried Chicken) reflejaba la personalidad de cada uno. Srro respondía a todo diciendo “¡Srro!”, mientras Srri decía invariablemente “¡Srri!”. Por ejemplo:

—¿Te canto una canción? —decía Srri.
—¡Srro, a que te parto la cara!
—¡Srri!

Entonces Srro le cruzaba la cara a Srri. Poco después, Srri decía:

—¿Jugamos al pádel?

Este comportamiento no es tan difícil de entender. Una vez que los habitantes de Kentucky (Fried Chicken) desarrollaron la sociedad perfecta, lo único que los mantenía entretenidos eran las riñas infantiles.

En uno de sus viajes intergalácticos tras el sentido de la vida, Srri y Srro se toparon con un planeta errante que no giraba alrededor de ninguna estrella.

El planeta dijo:

—Hola.

Srro dijo:

—¡Hostia!

Srri dijo:

—¡Un planeta que habla!

El planeta les invitó a comer. Srri aceptó encantado. Srro, a regañadientes. Pero como tenían bocas de trapo, sin glotis ni nada que se le parezca, la comida se les escurría por la comisura de los labios.

Srro decía:

—¡Mierda puta!

Srri decía:

—¡Qué rico!

Mientras tanto, el planeta preguntaba:

—¿Y qué hacéis en este rincón perdido del universo, amigos?
—¡Buscamos el sentido de la vida! —dijo Srri.
—Pues habéis llegado al lugar indicado.
—¡No me jodas! —dijo Srro, escupiendo la comida.

Srri daba saltos telequinéticos de alegría.

—¡Venga, dínoslo, dínoslo, anda, venga, dínoslo! ¡Srri!



Palito Palito Palito

El planeta sonrió maliciosamente, esto es, formó en su océano central una tormenta de Fuerza 5 con una mala uva que no veas.

—Si queréis saberlo, haced un doble mortal con tirabuzón.

Srri hizo el doble mortal. Srro, el tirabuzón.

—Ahora quiero unos huevos fritos.

Srri hizo los huevos. Srro se quedó dormido.

—Ahora uno de vosotros tiene que morir.
—¡Este planeta no tiene límites! —dijo Srro—. Pues que se muera Srri.
—¡Srri!

Pero Srro no quería quedarse solo, así que concibió un plan. Elaboró un gas venenoso, conectado a una célula radiactiva, y depositó el artefacto en una caja. Luego le dijo a Srri que dentro había un bol con sus cereales favoritos. Srri se sumergió en la caja gritando su propio nombre, como si la vida le fuera en ello. Srro la cerró, esperó una hora y dijo:

—Ya está. Srri está muerto. Dime cuál es el sentido de la vida.
—Un momento —dijo el planeta—. ¿Cómo sé que tu amigo está muerto?
—Existe un 50% de probabilidades de que la célula radiactiva libere el gas venenoso cada hora. Según la mecánica cuántica, ahora Srri está vivo y muerto a la vez. Dime cuál es el sentido de la vida o me voy a ir mosqueando.
—Pero, ¿por qué has tenido que meter a Srri dentro de la caja?
—¡Vamos a ver! Queremos que Srri esté muerto, verdad. Si estuviera fuera de la caja, a lo mejor seguía vivo. ¡Y ahora está muerto!
—Sí, pero también vivo.
—¡Y eso qué más da! ¡Que me digas el sentido de la vida o te arreo!

Como el planeta era un fenómeno macroscópico que se regía por leyes relativísticas, la mecánica cuántica le sonaba a chino, y hubo de aceptar la palabra de Srro.

—Está bien —dijo encogiendo los hombros, esto es, plegando dos placas tectónicas y devolviéndolas a su lugar segundos después. Los terremotos fueron tremebundos—. El sentido de la vida es “42”.
—¡42! ¡42! ¡Anda y que te zurzan! Vámonos, Srri.

Srri salió de la caja y saludó con una pirueta de sus ojos abotonados.

—¡Gracias por nada! —dijo Srro.
—¡Gracias por todo! —dijo Srri.



Palito Uve

En mitad del vacío interestelar, Srro se lamentaba:

—Joder, esta misión no acabará nunca…

Srri disfrutaba de los fotogénicos Pilares de la Creación, diciendo:

—¡Quién sabe cuántas aventuras viviremos juntos!


domingo, 18 de diciembre de 2011

La Voz Que Los Hombres Perdieron






Su padre le dijo “cállate” y ningún hombre volvió a oír la voz de Samuel nunca más.

Intentaron disuadirle mediante amenazas, insultos y golpes. La familia asumió que convivía con un espectro.

Su infancia transcurrió en una burbuja de vacío. Su mutismo alejaba a los espíritus melancólicos. Su inquietante mirada le libraba del acoso del resto.

Algunas chicas se sentían atraídas por su aire distante. Samuel las ignoraba a todas.

Vivía en una inconmovible soledad, acompañado de un cuaderno donde dibujaba nubes y pájaros en vuelo.

Pero Samuel no dibujaba bien.

Tampoco era buen estudiante. Sus padres y profesores lo consideraban carne de cañón. Un día, tras equivocar la formulación matemática de una ecuación en la pizarra, su profesora le golpeó la cabeza y comenzó a insultarle.

—Eres carne de cañón —le gritaba.

Samuel recibió el golpe como un paciente en coma. Su mirada atravesaba un ventanal, fija en un nido de golondrinas que había construido su hogar en un abedul del patio.

Samuel era dado a largas contemplaciones que distraían su atención de los asuntos cotidianos.

La vida fluía para él como una corriente lenta de aguas subterráneas.

Desesperados por los fracasos académicos de Samuel, sus padres lo internaron en un colegio privado. No desperdiciaban ninguna oportunidad para recordarle el esfuerzo económico que aquella decisión les suponía.

El colegio era un edificio aislado, sumergido en la profundidad de un bosque denso de viejos robles marchitos.

Ya en la adolescencia, mientras sus compañeros visitaban la ciudad, Samuel se adentraba a menudo entre los árboles grises.

A veces se marchaba el viernes por la noche y no se le veía volver hasta el lunes de madrugada.

A veces regresaba con una sonrisa, que se desvanecía al cruzar el pórtico del colegio.

Nacieron historias alrededor de los viajes de Samuel a la espesura, que perduraron como leyendas durante años.

Un grupo de alumnos conspiró en secreto para seguirle una noche de invierno.

Perdieron el rastro y nunca averiguaron qué se tramaba Samuel en el bosque. Se dijo que recolectaba setas y otros ingredientes oscuros para elaborar pociones satánicas. Se dijo que mataba animales y se alimentaba de su sangre caliente. Un repetidor extendió la idea de que Samuel practicaba rituales sexuales con chicas de moral comprometida.

Una joven llamada Lucía tenía un intenso interés en Samuel. Lo observaba siempre, en silencio, durante los recreos. Era una muchacha taciturna de inclinaciones exóticas. Le gustaba la ropa oscura y se la oía a menudo hablando sola. Una mañana ambos coincidieron en el patio, de camino a clase de Lengua. Lucía dijo:

—Hola.

Samuel no respondió. Pero no aceleró el paso, y desde la distancia pudo dar la impresión de que caminaban juntos.

—Me han dicho que no hablas —dijo Lucía, mientras se dirigían a clase de Historia.

—La gente habla demasiado —dijo Lucía, un día de octubre, deleitándose con el crujido seco de las hojas caídas bajo sus zapatos.

Una mañana Lucía vio a Samuel sentado sobre la fuente desecada del patio interior del colegio. Quien no le hubiera conocido habría asegurado que Samuel esperaba a alguien. Lucía se le acercó. Samuel saltó del borde de la fuente y se dirigió hacia la clase de Química. Lucía se apresuró a alcanzarle. Ambos caminaron juntos durante todo el trayecto, en silencio.

Si alguien los hubiera visto desde una ventana, habría tenido la impresión de que Lucía caminaba con una sonrisa en los labios.

Transcurrieron dos años. Lucía y Samuel no se separaban nunca. Lucía le contaba sus ocurrencias, mientras Samuel luchaba por dibujar un pájaro.

—Dibujas muy mal —decía Lucía.

Samuel seguía intentándolo, con una insistencia vana e inútil.

Los viernes Lucía volvía a casa de sus padres para pasar el fin de semana. Dicen que no hablaba nunca, y que guardaba en su habitación dibujos torpes de pájaros. Como tesoros.

Lucía sabía que Samuel pasaba los fines de semana en el bosque. Nunca le preguntó qué hacía allí. Nunca intentó seguirle.

Lucía ayudaba a Samuel con los ejercicios de cálculo. Su esfuerzo se desperdiciaba como el calor de un horno en una noche nevada.

—Ya encontraremos algo que sepas hacer bien —decía Lucía, ofreciéndole a Samuel la goma de borrar.

Una tarde de primavera, víspera de sábado, Lucía recibió una llamada de su padre. No podía traerla a casa porque el abuelo había enfermado.

Por la noche, Lucía vio cómo se iluminaba una cerilla en el patio. Distinguió la figura de Samuel, sentado sobre la fuente desecada. Samuel encendía un cigarrillo.

Samuel no fumaba.

Lucía bajó las escaleras apresuradamente, sintiendo en el corazón que el Destino la perseguía a dos escalones de distancia.

Llegó al patio. Samuel había desaparecido. Miró de un lado a otro, desesperada, y vio un leve fulgor más allá del pórtico del colegio.

El rastro de fuegos fatuos la llevó al bosque, en mitad de la noche.

La luna se alzaba en el cielo, solitaria, como una promesa.

Lucía llegó a un claro. En su centro se encontraba Samuel, rodeado de pájaros, como pétalos alrededor de su estigma, en apacible armonía.

Samuel les hablaba.

Los ojos de Lucía se inundaron al escuchar su voz.

Pues era dulce y grave, profunda y poderosa, como el último trueno, distante, de una tormenta que se aleja.

Samuel les decía a las aves cuánto amaba a Lucía, con palabras más hermosas y ciertas que las que ningún hombre ha oído, ni oirá, jamás.

viernes, 16 de diciembre de 2011

El Guardián del Bosque


Un viento distinto
Acaricia mi piel desnuda.

El viento - suave y profundo.
Mi piel - salada y húmeda.

Entre torres de madera,
Oigo el rumor de las aves, del agua,
De tus huellas.

Las aves llaman a su guardián,
Preparo mi arco, tenso la flecha.

Con ojos azules dice: "Espera".
Y disparo, alto,
a las estrellas.



miércoles, 14 de diciembre de 2011

Experimento Narrativo




RESUMEN

Un chico y una chica se encontraron en una plaza por primera vez. Se miraron. Se sonrieron. Se dijeron palabras hermosas. Se abrazaron. Se besaron.

Más tarde hicieron el amor. Se fueron a vivir juntos. Tuvieron hijos, un chico y una chica.


POR PARTIDA DOBLE

Un chico y una chica coincidieron y se encontraron en una plaza y plazoleta. Nunca se habían visto y conocido. Se miraron y observaron. Se sonrieron y sonrojaron. Se dijeron palabras hermosas y cariñosas. Se abrazaron y acariciaron. Se besaron y ensalivaron.

Hicieron el amor y el sexo. Vivieron y cohabitaron juntos y revueltos. Tuvieron y criaron a un chico y una chica.


ENTONCES

Entonces un chico llegó a una plaza. Entonces llegó una chica. Entonces se miraron. Entonces comprendieron que no se conocían. Entonces se sonrieron. Entonces se dijeron palabras hermosas. Entonces se abrazaron. Entonces se besaron.

Entonces, después, hicieron el amor. Entonces se fueron a vivir juntos. Entonces engendraron a un chico. Entonces engendraron a una chica.


HOMÉRICO

El encuentro canta, oh diosa, entre un efebo, de buenas grebas, y una doncella, hermosa como Afrodita, amante de la risa, en la ancha ágora que las nubes acumula, como Zeus Crónida, portador de la égida. Diles, Clío, como sólo tú sabes, que no hubo nunca ojo mortal que los viese reunidos antes de aquel día y de aquella noche elegida, que el cruel combate esquivaba. Ábreles el corazón con dedos profundos al mostrarles la verdad: que sus almas se reconocieron como gemelas entre las vastas ramas de abedul, que flechas de larga asta proporciona al diestro arquero; que se miraron, ojizarcos, como la divina Atenea, que impera en las batallas; que se sonrieron, como el Pélida Aquiles al divino Patroclo; que palabras hermosas salieron de sus labios, que el mismo Ulises, fecundo en ardides, no hubiera igualado en belleza; que se estrecharon en un abrazo tan íntimo como el cobre que se funde con el estaño; que sus labios se unieron como el duro bronce que forjase Hefestos, el ilustre artífice, para el Atrida Agamenón, soberano de hombres.

Ea, contemos ahora cómo se fueron los dos a visitar las estancias de Eros, sacrificando sus labradas armaduras en holocausto. Y su unión fructificó en dos hermanos, Apolíneo él, Ateneida ella, como las manzanas que, naciendo del mismo árbol, producen un variado deleite según si la cosecha se recoge antes o después de las lluvias del mes consagrado a Ares, demoledor de murallas.


LÍTOTES

Dos se encontraron, se arrejuntaron y tuvieron a unos críos.


RETRÓGADO

Nacieron los hijos de la pareja, una chica y un chico, después de que hicieran el amor dos veces, al menos, aunque no se habían ido a vivir juntos hacía tanto.

Cuando se besaron, después de abrazarse y decirse palabras hermosas, se ruborizaron al recordar que hacía pocos segundos que se habían sonreído por primera vez. Acababan de mirarse el uno al otro nada más llegar, por casualidad, a la misma plaza.


METAFÓRICAMENTE

Un navío del destino encalló con otro en mitad de uno de los afluentes ciudadanos sembrado de vegetación autóctona. Al descubrir que los recurrentes giros históricos no les habían hecho naufragar juntos con anterioridad, se unieron como luciérnagas en la noche tenebrosa de los tiempos, de cuyo fruto nacieron dos brotes verdes con todo el futuro por delante.


SORPRESAS

¡Se acababan de conocer! ¡Se miraron al encontrarse en la plaza y van y se sonríen, sin conocerse! ¡Y va el tío y la besa! ¿Y te crees que ella sale corriendo? ¡No! ¡Le devuelve el beso, la prenda! ¡Y por si fuera poco, empiezan a arrullarse, allí, como poseídos, vaya panda de dos!

¡Y habrase visto, que parece que se fueron a hacerlo a toda prisa! ¡Como te cuento! ¡Ahí, dándole, dale que te dale! ¡Y escucha, que se fueron a vivir juntos! ¡Ahí, como si les llevara el alma el Diablo! Si es que… Y, bueno, agárrate, ¡que tuvieron hijos, no uno, sino un par! ¡Vamos, vamos, que Dios nos pille confesados!


SUEÑO

Todo estaba sumido en una niebla densa, pero me pareció que me encontraba en una plaza, aunque no sabría decirte en cuál. ¿O era el claro de un bosque? Pasó un tiempo, no sé cuánto, pero vi una sombra que se acercaba a otra, dubitativa, como si no se conocieran, o no se vieran bien, no estoy seguro. Pero debieron convertirse en una sola sombra, o se besaron, es difícil saberlo.

Luego todo se transformó en un apartamento, o una casa. Algún tipo de sitio cerrado. Vi a la sombra, o las dos sombras, sobre una cama, o sobre el suelo… algo así. Después salieron dos cosas pequeñas de donde estaban, como niños, o gatos, yo qué sé.


PRONOSTICACIONES

Cuando llegues a la plaza te encontrarás con tu amor verdadero. Ella también lo sabrá en cuanto te vea. Os sonreiréis, llenos de felicidad. Luego caminaréis lentamente el uno hacia el otro y os abrazaréis, cubriéndoos de caricias, besos y bonitas palabras.

Haréis el amor y viviréis juntos. De vuestra unión nacerán dos niños, un chico y una chica.

Son diez mil.


NEGATIVIDAD

No eran dos bebés, ni dos ancianos, sino dos jóvenes. No eran dos hombres ni dos mujeres. No era una montaña, ni un océano, ni un valle, sino una ciudad. No era una calle, ni una avenida, ni un vertedero, sino una plaza. Los jóvenes no se conocían. Los jóvenes no se ignoraron, ni se escupieron, ni se insultaron, sino que se besaron, se abrazaron y se dijeron cosas que no eran feas.

No jugaron a la consola, ni vieron el fútbol, ni limpiaron la casa, sino que hicieron el amor. No siguieron viviendo separados. No eran estériles y no usaron protección. No tuvieron un único hijo, pero tampoco trillizos o nada que acabe en izo. No tuvieron dos chicos, ni dos chicas.


CARTA OFICIAL

Tengo la obligación de informarle acerca de unos hechos irrefutables de los cuales he sido testigo directo y horrorizado, simultáneamente.

Un individuo, de sexo masculino, se encontró en una plaza pública (la dirección se encuentra disponible en el anexo adjunto), con otro individuo, de sexo femenino. Aunque los registros mercantiles y judiciales indican que no se conocían, permítame poner en duda la eficiencia de nuestro aparato burocrático porque al punto comenzaron a mirarse. La sonrisa que se dirigieron mutuamente no me auguraba nada bueno, y mis sospechas se confirmaron cuando ambos comenzaron a besarse, con profusión de arrumacos y palabras impudorosas.

Viéndome en la obligación de cumplir con mi deber, seguí a los dos individuos cuando abandonaron el recinto público. Nada más entrar en un domicilio determinado (consultar anexo), pude comprobar que las luces se apagaron y se oyeron sonidos que ofenden al decoro. Según tengo entendido, los dos individuos procrearon más tarde a otros dos, uno del sexo masculino y otro del femenino. Confío que tuvieran la decencia de registrarlos convenientemente en su libro de familia.

En espera de su respuesta, me tomo la licencia de recordarle que me tiene a la entera disposición de usted.


PROPAGANDA EDITORIAL

En su nuevo relato, el célebre novelista ha realizado un profundo estudio de la naturaleza humana al describir el encuentro fortuito entre dos personajes aparentemente comunes, pero dotados de un subtexto que se antoja infinito.

Jugando con el azar y el destino, el autor nos deleita con una armoniosa estructura circular al proponer cómo de aquella unión surgen otros dos personajes, condenados quizá en la mente del avezado lector a un eterno retorno amoroso tan propio de nuestros tiempos como de todos los demás.


IGNORANCIA

Yo no sé nada, de verdad. Supongo que no se conocían, yo qué sé. ¿Una plaza? Sí, estaba allí, pero no sé si se miraron, se besaron o se dijeron algo. Había mucha gente, ¿sabe?

¡Cómo voy a saber si hicieron el amor! Pues supongo, si es que tuvieron hijos, a mí qué me dice. Pues si fueron dos, sería un chico y una chica, qué más da, como si tuviera la menor idea.


PRETÉRITO IMPERFECTO

Eran un chico y una chica en una plaza. Era la primera vez que se veían. Se miraban. Se decían cosas bonitas. Se besaban. Se acariciaban.

Hacían el amor. Vivían juntos. Tenían dos hijos, un chico y una chica.


ARCO IRIS

Un chico naranja y una chica amarilla se encontraron en una plaza llena de violetas. Se miraron con ojos blancos y se dedicaron una sonrisa rosa. Se dijeron cosas verdes, se dieron besos negros y se pusieron morados.

Hicieron el amor rojo y se fueron a vivir a una casa azul. Tuvieron dos hijos, uno turquesa y otro fucsia.

viernes, 9 de diciembre de 2011

La Puerta Bifurcada




I

Una profecía milenaria pronosticó que el rey sería asesinado por su primogénito. Como todas las profecías se autoverifican, maté al hombre que me dio la vida en venganza por haber exterminado a mis hermanos. De mí, hijo ilegítimo, no tuvo conocimiento hasta la noche de su muerte.

Supe de aquella profecía el día de mi coronación. Los venerables me la comunicaron en una ceremonia secreta, mientras el peso de la tiara de bronce hundía mis sienes. Me hicieron saber que el poema de la profecía tenía un segundo fragmento, en el que no jugaba el papel de verdugo, sino de víctima.

Para evitar el fracaso de mi reino, había de cruzar el umbral de una puerta, dentro de un laberinto, más allá de los salones ancestrales, bajo mi palacio de invierno. Esta puerta se bifurcaba en dos caminos. El izquierdo conducía a una paternidad dichosa. El derecho, a la muerte, tras innumerables años de soledad.

Siempre había pensado que todo apocalipsis contiene, visto en perspectiva, el primer paso de una integración. Los horrores que hoy nos asaltan son la circunstancia necesaria para nuestra futura felicidad, y viceversa. De esta forma, toda elección conduce finalmente al mismo destino. Es irrelevante la opción que tomemos, pues sólo es necesario ampliar el círculo de nuestra visión para comprender que todas son, en última instancia, intercambiables. La dicha de ser padre lleva al dolor de la muerte prematura del hijo. Una vida de soledad nos prepara para acoger en nuestro corazón al amor verdadero. Este ciclo es impredecible, y toda elección, por tanto, arbitraria.

Mi duda se encontraba en un lugar distinto. ¿Qué ocurre cuando no se elige ninguna opción? Los venerables se santiguaron al escucharme, pero yo les dije:

“¡Al demonio con la puerta, el laberinto y los salones ancestrales! ¡Levanten muros en mi palacio de primavera para disfrutar de las apacibles noches invernales!”


II

Mi reino se consumía. Las revueltas incendiaban el mundo y mis consejeros se repartían los despojos en connivencia con potencias extranjeras.

Sin herederos, mi dinastía estaba condenada a la extinción. El espejo me devolvía un rostro envejecido y agotado que no había vivido más de treinta veranos. Durante años había estudiado el arte del estadismo, había aplicado los más modernos principios económicos, los mayores avances de la ingeniería social; en vano. Cada una de mis decisiones demostró ser fatídica, retorcida por factores impronosticables. Mi inacción fue siempre catastrófica.

Sobre mi trono de alabastro, aplastado por mi corona de bronce, contemplaba las ruinas de mi universo, rodeado por una tronante soledad. Los venerables me abandonaron cuando, en el décimo aniversario de la muerte de mi padre, volví a negarme a cruzar el umbral de mi condenación. Si hubieran podido asistir al día de mi derrocamiento, habrían oído mi decimotercera negativa. ¡Que se me abalanzasen las olas del infortunio, yo sería el dueño de mi destino!


III

No sé cuántos años permanecí encerrado en aquella celda, pero los ricos ropajes con los que me capturaron se habían convertido en harapos. Mi sustento diario era un mendrugo de pan y un cuenco de agua.

Pero aprendí a apreciar mi cautiverio. Pasaba las noches estudiando las estrellas y llegué a comprender que la Tierra giraba alrededor del Sol. Supliqué durante años, quizá décadas, que me prestaran pluma y pergamino para anotar mis indagaciones. Sin herramientas de estudio, me vi obligado a desarrollar prodigiosos sistemas mnemotécnicos. Uno de mis guardianes era un apasionado observador de los astros; entablábamos profundas conversaciones que me resultaban de gran utilidad. Este hombre simple, al que como rey no hubiera dudado en mandar decapitar si hubiera osado dirigirme la palabra, se había convertido en mi primer amigo. Le tenía una gran estima, y sentía que mi emoción era recíproca. Siempre que la prudencia se lo permitía, me proporcionaba pequeñas porciones de carne de contrabando.

De alguna manera, mi amigo hizo llegar el rumor de mis hallazgos a los oídos del joven usurpador. Una noche de otoño me convocó a su presencia. Al parecer, pretendía agasajar a la corte con un espectáculo de enaltecimiento intelectual.

Armado de pluma y papiro, mi mano dibujaba el universo. Con trazos largos y fluidos, describí la circunvolución de los cuerpos celestes. Reconocí el rostro de los consejeros que me habían traicionado, pero mi corazón sólo sintió júbilo al comprobar la expresión de asombro en sus ojos, mientras se les abrían los secretos profundos del espacio y del tiempo, como flores perfumadas de un jardín en armoniosa disposición.

El usurpador ordenó que se detuvieran los aplausos y posó su mano sobre mi cabeza inclinada. Anunció que deseaba nombrarme astrónomo real y que me trasladase inmediatamente a la torre más alta de su palacio.

Lloré de felicidad y le besé la mano.


IV

En el invierno de mi vida me costaba cada vez más permanecer despierto. Mi mente, agotada de disquisiciones metafísicas, prefería surcar las ignotas aguas del sueño. A veces soñaba que era muchas personas, y en aquellas oníricas travesías sentía que mi alma se enriquecía con vivencias nuevas y trascendentales.

A menudo me veía asediado por la nostalgia innombrable de amores que no había experimentado, la dicha de ver crecer a hijos que no había concebido, la desazón de perder a seres que nunca me habían querido.

Aunque el mundo me consideraba una eminencia desde que había demostrado la órbita elíptica de los seis planetas, y calculado la distancia entre la Tierra y la Luna perfeccionando el cálculo diferencial, lo que más placer me producía entonces era sentarme a la mesa del rey para participar silenciosamente de la vida de los hombres. Descubrí en el movimiento sutil de sus tribulaciones y alegrías los mecanismos secretos de la traslación y rotación de los astros. Se me aparecían como engranajes hermosos y perfectos de la misma elegante sinfonía. A veces tenía la vívida impresión de que las estrellas y la Humanidad debían haber sido formados a partir del mismo polvo.

Mientras sopesaba cuán triste era morir antes de poder demostrarlo, me quedaba dormido a menudo; pero aún me daba tiempo a percibir cómo el rey mandaba a todos bajar la voz para no despertarme.


V

Poco antes de mi muerte, mi amado rey acudió a mi lecho para pedirme, conteniendo las lágrimas, que le permitiese concederme una última voluntad.

Sin dudarlo un instante, susurré:

“Conducidme a la puerta que se oculta dentro de un laberinto, más allá de los salones ancestrales, bajo vuestro palacio de invierno, mi señor.”

El rey alzó sin dificultad mi cuerpo leve y me trasladó como a un bebé hacia mi destino, acompañado por toda la corte.

Frente a la puerta bifurcada, rogué a mi señor que me depositase sobre el suelo. Me apoyé en sus fuertes brazos para incorporarme y dirigí la mirada hacia dos puertas sencillas, con sendas aldabas de bronce.

En la izquierda me esperaba una paternidad dichosa. En la derecha, la muerte, tras innumerables años de soledad.

Sonreí y me encaminé hacia ellas con el paso firme del joven que vengó a sus hermanos muertos.

Yo tomé la derecha y tú la izquierda, y así recorrimos ambos caminos, pues los hombres somos uno, y todo tiempo es vanidad.


A Silvia Gil Larios


jueves, 1 de diciembre de 2011

Cuento de Navidad Prima


Había una vez un hombre muy avaro llamado Señor Scrooge que no celebraba la Navidad a causa de su vida solitaria y de su adicción al trabajo.

Ésta no es su historia. Ésta es la historia del Señor Scrooge’. Léase el apóstrofe como prima.

El Señor Scrooge’ vivía en la Tierra’, el tercer planeta alrededor del Sol’, una estrella insignificante del Universo’, cuya particularidad radicaba en que poseía cinco dimensiones. Esto quiere decir que los habitantes del Universo’ podían moverse hacia delante, atrás, arriba y abajo, como cualquiera de nosotros. Pero si les apetecía, también podían moverse a un lado, sin invadir las tres dimensiones que nos resultan familiares. La cuarta dimensión era una ventaja especialmente práctica en las discotecas a las tres de la mañana y en los almacenes de ultramarinos.

En la Tierra’ la Navidad se celebraba desde el 1 de enero’ hasta el 21 de diciembre’ de forma ininterrumpida; 355 días en los que un espíritu compasivo y bondadoso se apoderaba de todas las personas. Los restantes eran diez días de alboroto y desenfreno. Los jóvenes no cedían el asiento a sus mayores, nadie se reía de los chistes malos, aunque los contase un amigo, y hasta las personas más honradas se apropiaban de los objetos perdidos sin llevarlos a la comisaría. Todo el mundo disfrutaba muchísimo de los Diez Días Nefastos, porque uno podía hacer lo que le viniese en gana, pero sobre todo, porque sólo duraban una semana y media.

Menos el Señor Scrooge’, que era un hombre recto y generoso, con arraigados principios éticos. Con una vehemencia no carente de altanería, el Señor Scrooge’ defendía que el espíritu navideño debía apoderarse de la gente los 365 días del año. Los Diez Días Nefastos eran una aberración del todo intolerable. Es por esto que, mientras su familia se disponía a comer una ensaladilla rusa viendo la televisión en la noche del 24 de diciembre’, el Señor Scrooge’ ultimaba los preparativos de un banquete.
—¡Mónica Prima, seguro que no quieres cenar conmigo! —Mónica’ era la esposa del Señor Scrooge’.
—¡No, gracias, cariño!
—¡Raúl Prima, qué dices tú!
—¡No! Están echando Pekín Prima Express, ¿seguro que no quieres verlo?
—¡Claro que no, nunca veis la tele, tampoco deberíais verla hoy!

El Señor Scrooge’ suspiró, resignado, y se dispuso a cenar. Para el aperitivo había preparado un delicioso surtido de ibéricos, quesos curados y mariscos; de primer plato, ternera rellena de almendras; a la que seguirían unos postres variados, fríos y de temporada, para que los comensales pudieran elegir. El problema era que a dicho banquete sólo acudiría él mismo. Los estrictos principios éticos del Señor Scrooge’ no eran compartidos por ninguno de sus amigos, que habían organizado una noche de locura: beber en mitad de la calle un surtido de bebidas combinadas, lanzar las botellas al aire cuando estuvieran borrachos y cantar toda la noche para despertar a los vecinos. El Señor Scrooge’ negaba con la cabeza imaginando las maldades que sus amigos se disponían a perpetrar, cuando un hombre se le apareció, atravesando limpiamente la bandeja de los mejillones.
—Buenas noches, Señor Scrooge Prima.
—Buenas noches tenga usted, señor…
—Soy el Fantasma de la Navidad Paralela.
—Un placer, amigo mío. ¿Se quedará a cenar esta noche?
—Lamento decir que no. La ternera tiene un aspecto delicioso.
—¿Y qué le trae a mi humilde…? Un momento. ¿Ha dicho usted Navidad Paralela? ¿No debería haber dicho “Navidad Prima”?
—No pertenezco a este mundo, Señor Scrooge Prima.
—Pensaba que simplemente estaba usted caminando de lado.
—No, Señor Scrooge Prima. Provengo de un mundo donde usted es el Señor Scrooge, a secas, que vive en el planeta Tierra, que gira alrededor del Sol. En mi mundo no añadimos la notación Prima a todos los nombres propios. ¿Se ha planteado alguna vez que ese epíteto no añade ningún tipo de información a las palabras?

El Señor Scrooge’ se detuvo un instante a pensar. Segundos después su cara se iluminó, como aquellos que comprenden de pronto, a los treinta y pico, que la palabra “ensaladilla” significa ensalada pequeña, que se usa aunque te sirvan una ración de dos kilos. ¿No tendría más sentido llamarla simplemente ensalada rusa?
—Oh —dijo el Señor Scrooge’.
—Amigo mío, es usted un hombre bueno —dijo el Fantasma­—, pero debe comprender que estos banquetes que insiste en celebrar avergüenzan a sus seres queridos innecesariamente.
—¡Innecesariamente! A esto se le llama coherencia, mi estimado Fantasma. No voy a violar mis principios sólo porque la sociedad esté apegada a una tradición del todo intolerable que debería ser erradicada sin más.
—Deseo mostrarle algo, Señor Scrooge Prima. Deseo llevarle a la Tierra.
—La Tierraaa… —el Señor Scrooge’ alargó la última letra como si estuviera cayendo por un precipicio. Consiguió terminar la frase, sin añadir nada más, después de un esfuerzo sofocante.
—La Tierra. Quiero que vea usted algo.
—La ternera se enfriará.
—Descuide, vamos a viajar moviéndonos de lado y de espaldas.
—¡Eso no es posible!
—Así es como uno camina por el Universo Dos Prima, que dispone de seis dimensiones, y que nos servirá de autopista esta noche. Estaremos de vuelta en un periquete.

Y, efectivamente, volvieron en un periquete.

—¡Pero bueno! —dijo el Señor Scrooge’, apoyándose en una silla.
—¿Qué le ha parecido?
—¿Se han vuelto todos locos en ese planeta, qué demonios les pasa?
—La Tierra Prima no era muy diferente en el pasado. Hace tiempo la Navidad Prima también duraba sólo diez días. Pero alguien pensó que sería bueno alargarla un poco, hasta quince días. Funcionó muy bien, y años después la alargaron a veinte. Así hasta que llegó a ocupar los 365 días del año.
—¡Los 365 días del año!
—Así es. Pero surgieron problemas. El estímulo positivo de las Navidades Eternas no era capaz de competir con cierto impulso natural presente en los seres humanos, que se resistía a ser ignorado. Un buen día, un hombre, incapaz de contenerlo, mató a otro.
—¿Matar? ¿Qué quiere decir?
—Acabó con su vida, Señor Scrooge Prima. De forma consciente, con sus propias manos.

El Señor Scrooge’ se tapó la boca con las dos manos, horrorizado.
—Quizá algún día ese impulso desaparezca, pero piense que los Diez Días Nefastos parecen, por el momento, suficientes para aplacarlo. Han desarrollado ustedes una sociedad magnífica, Señor Scrooge Prima. El mayor crimen que puede cometerse es subir el precio de las viviendas de forma injustificada.
—¡Válgame Dios Prima, claro que sí!
—Permita que los hombres se dejen llevar por el egoísmo de vez en cuando. Quizá algún día no sea necesario. Pero mientras tanto… Disfrute de ello. Su cuerpo sigue poseyendo ciertas glándulas que le harán sentir bien si lo hace. Bastante atrofiadas, digamos, por el desuso. Pero ahí siguen, herencia de tiempos más oscuros.

El Fantasma de la Navidad Paralela hizo una reverencia y dio un paso de lado y de espaldas. El Señor Scrooge’ tomó asiento en su butaca y permaneció allí largo tiempo, pensativo.

El reloj marcó las doce’. El Señor Scrooge’ se incorporó y abrió el armario donde la familia guardaba los licores. Después, cogió una botella de Chardonnay’ que guardaba su hermano como oro en paño para celebrar el día que una chica se comprometiese con él.

La abrió con sumo cuidado, tomó un sorbo directamente de la botella y liberó una risita, breve, sutil, casi inaudible.