jueves, 7 de agosto de 2008

La Inmortalidad

Aunque nuestros cuerpos se conservasen jóvenes para siempre, aunque nuestras mentes fuesen capaces de mantener su dinamismo, seguiríamos envejeciendo. Diariamente nos vemos obligados a tomar decisiones irreversibles; la mayoría no tiene trascendencia, pero algunas determinan para siempre el curso de nuestra vida. Cuando el tiempo demuestra que la decisión fue equivocada, volvemos la vista atrás con nostalgia, lamentando el día que tomamos la puerta izquierda, en lugar de la derecha. Éste es el arrepentimiento, que nos mina por dentro; nos va gastando como la gota de agua que cae incesantemente sobre la roca. El arrepentimiento de cada una de nuestras decisiones equivocadas se va acumulando, hasta que nuestra memoria se convierte en una sucesión infatigable de causas que desencadenaron estas nefastas consecuencias. Al cabo, nos convertimos en despojos, entregados a la causa de la memoria, como almas en pena, esperando el descanso de la muerte.

El amor es la fuerza que mueve el mundo, y esto es así porque es la única fuerza que existe contra el arrepentimiento. Enamorarse es un acto fortuito, pero que requiere de un momento y un lugar concreto. Por tanto, requiere de una consecuencia; de una sucesión de decisiones que nos han llevado a este aquí, a este ahora. Todas las decisiones equivocadas se convierten de pronto en decisiones correctas, y así son redimidas, destruyendo el arrepentimiento.

Cuando nuestros cuerpos se conserven para siempre, y nuestras mentes sean capaces de mantener su dinamismo, alcanzaremos la inmortalidad; siempre que exista el amor, para cerrar el ciclo del arrepentimiento y la redención, de la muerte y el renacimiento.

miércoles, 16 de julio de 2008

Ilain

Ilain es un lugar extraño, un grupo de rocas cubiertas de musgo que flotan en el vacío, que sustentan árboles, donde viven libélulas, con las que juega un duende. En la roca más alta nace un arroyo de agua clara, que de una roca a otra salta, derramando gotas de rocío, como lágrimas.

Ilain se encuentra en el centro de los Cinco Reinos, que son el Yermo, una llanura desolada donde el viento negro ruge sin descanso; la Megápolis, un entramado de metal y ruedas dentadas, que se derrumba bajo el peso de sus monstruosas torres, y vuelve a alzarse, reparado por máquinas; la Tormenta, un mar embravecido de aguas tenebrosas, iluminado por relámpagos; los Riscos, un muro escarpado que araña el manto de nubes que eclipsa el océano; y los Valles, sombríos, poblados por bestias indómitas.

Ilain es un lugar de paz, pero para llegar a él hay que traspasar las Puertas de Bronce, que guarda el Ángel de Bronce, que lleva el Libro de Bronce, con una pregunta en los labios.

La pregunta es sencilla: "¿Quién eres tú?"

Al Ángel de Bronce no se le puede mentir, pues lleva el Libro de Bronce, donde está escrita toda tu vida. El Libro de Bronce es voluminoso, pero no tanto como imaginas, porque en él sólo queda registrada la verdad. Si no dices la respuesta correcta, el Ángel te dará la espalda durante 9 años. Nada de lo que hasta entonces digas escuchará.

Mientras llega tu nueva oportunidad, puedes quedarte junto a las Puertas de Bronce, o puedes adentrarte de nuevo en los Cinco Reinos. También puedes coger una nave gris, si sabes construirlas, y partir hacia otras costas, para olvidarte de Ilain para siempre. Tú eliges, pero recuerda, hay muchos lugares en el mundo, pero sólo hay uno donde las rocas flotan en el vacío, sustentando árboles, donde viven libélulas, con las que juega un duende.

Soñé Contigo

Ayer soñé contigo.
Te acercaste a preguntarme
cuando me viste leyendo un libro.

Ayer soñé contigo y ahora pienso que existes,
que lees mi libro, en algún sitio,
que piensas en mí, como yo contigo.

Ayer soñé contigo, sobre una duna de dos mil metros,
azotada por los vientos huracanados
de mi yermo desolado,
con el rostro erguido,
con una sonrisa en los labios.

jueves, 26 de junio de 2008

Regreso al Hogar

Vuelvo a ti, yermo desolado, mi hogar.

Agarrado a mi timón, desnudo,
surco negras aguas de tormenta.
Un manto de nubes cubre los cielos
como titanes saturados de furia.
Los relámpagos restallan sobre mi nave gris
para quebrar sus viejas velas.
Las olas nacen de profundas simas
para golpear su casco
maltrecho.

Te abandoné, yermo desolado, mi hogar.

Divisé un faro en el horizonte, desde riscos escarpados,
y embarqué en mi nave gris, hacia el ocaso.
El faro iluminaba una costa de aguas tranquilas,
verde y joven, tan distinta.
No me importó perder mi nave en los arrecifes de coral,
no demasiado.

Te olvidé, yermo desolado, mi hogar.

Construí una casa de bambú sobre verdes prados,
entre lagunas quietas y animales con bozal.
Cambié el timón por la azada,
y el rugido del viento por la brisa otoñal.
Era feliz, ¿o era el silencio?

Vuelvo a ti, yermo desolado, mi hogar.

Desnudo, tiritando, agarrado a mi timón,
voy a tu encuentro.
Tú eres yermo y desolado, salvaje y colérico,
eres sombrío y despiadado.

Pero tuyas son las bestias indomables
y las piedras flotantes,
los riscos infinitos y las fosas abisales.
Tuya es la magia, el vuelo, el rugido,
la verdad y mi sentido.

viernes, 13 de junio de 2008

Una mañana a las 9.35

Llegó a la oficina tarde, como siempre, haciéndose a la idea de que su tiempo no volvería a pertenecerle hasta dentro de diez horas. Intentaba animarse pensando que en quince minutos iría al office a coger un dónut y un café de la máquina. En una hora bajaría a tomar un café y fumarse tres cigarrillos. Si era lunes, podría robarle unos minutos más a la compañía yendo a comprar un décimo de lotería (en el que depositaba casi toda su esperanza de recuperar el tiempo que había hipotecado). En dos horas iría al baño y se encerraría sentado sobre el water, a oscuras; apoyaría la cabeza entre las manos y se sentiría fuera del mundo y del tiempo durante unos minutos. En tres horas bajaría a la calle a fumarse otro cigarrillo. En cuatro horas comenzaría a mirar si su jefe se marchaba de la oficina, y aprovecharía ese momento para aumentar ilegalmente su descanso para comer.

Quizá, sólo quizá, la maravillosa R se quedaría a comer con él en la oficina, en lugar de irse a su casa. Sólo con pensarlo le aparecía una sonrisa en los labios. Cuando se quedaba a comer, R le acompañaba a una tienda de comidas preparadas. En el trayecto, sus brazos entraban en contacto al caminar y ella nunca se apartaba, nunca se alejaba esos diez centímetros que impedirían aquél roce casual. Cuando se contaban las anécdotas de la mañana y de la noche anterior, se miraban fijamente a los ojos, con una sonrisa perpetua, y él tenía que contenerse para no decirle te amo, estoy loco por ti, eres la mujer más maravillosa que he conocido; tenía que contenerse para no besarle en los labios, esos labios finos y resecos que ella intentaba hidratar inútilmente con vaselina... esos maravillosos labios suyos.

Se sentó en su silla y recordó lo feliz que era R con su novio, a pesar de que siempre dudaba una décima de segundo antes de hablar de él. Pero notaba que su novio la hacía feliz. Y ella le era fiel. El roce de los brazos, la mirada intensa, la sonrisa, esa leve duda al hablar de su pareja, sólo significaban que a ella le gustaba sentirse deseada (era tan evidente lo que sentía por ella...), o quizá sentía cierta atracción por él, o ambas cosas. No eran más que anécdotas vacías; su corazón le pertenecía a otro. Y le gustaba que R fuese fiel a su novio, que le amase sin fisuras. Porque la fidelidad de R no pertenecía a su novio, le pertenecía a ella. Si algún día R le amase a él, podría disfrutar de esa maravillosa cualidad suya, igual que ahora la disfrutaba otro.

Pero R iba a cambiar de trabajo en 15 días; su relación con ella se reducía al mundo de la oficina, y sabía que una vez que se hubiese ido nunca volvería a verla.

Suspiró y se dispuso a encender el ordenador cuando vio una cuartilla de papel plegado sobre el teclado. Lo primero que pensó es que la compañía había decidido comunicarle su despido de aquella estúpida manera. Después pensó que no, que su jefe le citaba a una reunión donde, ahí sí, le diría que debían prescindir de sus servicios por culpa de la crisis. Pero todo eso era absurdo, su jefe era un buen tipo; había tenido dos jefes competentes en su vida, y él era uno de ellos. Abrió la cuartilla y leyó:

"Quería y quiero conocerte, y ni el Atlántico podrá evitarlo, ni aunque haya que cruzarlo a nado".

Levantó los ojos del papel y miró a su alrededor. Todo el mundo tenía la mirada somnolienta clavada en el monitor. El mundo seguía su curso, pero él tenía una declaración de amor entre los dedos. No estaba redactada con mucho ingenio, y ningún poeta admitiría jamás haberla escrito, pero desprendía la extraña belleza que poseen las cosas reales.

Sabía que no era de R, porque su corazón le pertenecía a otro, pero sabía que la persona que la había escrito no era alguien convencional; y sabía que esa persona no tardaría en darse a conocer. Sintió una oleada de felicidad. Comenzó a desvanecerse el miedo a no volver a ser amado después de que su mujer le abandonase. Se sintió protagonista de una historia de amor, en lugar de una triste historia de perdedores. La cabeza comenzó a funcionar como una máquina bien engrasada, intentando recordar a todas las mujeres de la oficina con las que se había cruzado desde que trabajaba allí, a reinterpretar todas las miradas que le habían dirigido, a buscar el doble sentido de cada saludo, de cada despedida...

Era maravilloso pensar que había alguien, en algún lugar de aquella oficina, que estaba, en ese momento, pensando en él. Y mientras averiguaba de quién se trataba, podría soñar pensando que era aquella preciosa secretaria serbia de la segunda planta, o la guapísima andaluza que comía en el office a la misma hora que él compartía mesa con los chicos de su sección...

Y podría soñar que era R, que al comprender que en 15 días no volverían a verse nunca, había descubierto lo que sentía por él.

Dobló la cuartilla, la guardó en su cartera con cariño y apretó el botón de encendido del ordenador con una sonrisa.